Estadio I
El primer estadio, el de infancia o
etapa sensorio-oral comprende el primer año o primero y medio de vida.
La tarea consiste en desarrollar la confianza sin eliminar completamente
la capacidad para desconfiar.
Si papá y mamá proveen al recién
nacido de un grado de familiaridad, consistencia y continuidad, el niño
desarrollará un sentimiento de que el mundo, especialmente el mundo social, es
un lugar seguro para estar; que las personas son de fiar y amorosas. También, a
través de las respuestas paternas, el niño aprende a confiar en su propio
cuerpo y las necesidades biológicas que van con él.
Si los padres son desconfiados e
inadecuados en su proceder; si rechazan al infante o le hacen daño; si otros
intereses provocan que ambos padres se alejen de las necesidades de satisfacer
las propias, el niño desarrollará desconfianza. Será una persona aprensiva y
suspicaz con respecto a los demás.
De todas maneras, es muy importante
que sepamos que esto no quiere decir que los padres tengan que ser los mejores
del mundo. De hecho, aquellos padres que son sobreprotectores; que están ahí
tan pronto el niño llora, le llevarán a desarrollar una tendencia
maladaptativa que Erikson llama desajuste sensorial, siendo excesivamente
confiado, incluso crédulo. Esta persona no cree que alguien pudiera hacerle daño
y usará todas las defensas disponibles para retener esta perspectiva exagerada.
Aunque, de hecho, es peor aquella
tendencia que se inclina sobre el otro lado: el de la desconfianza. Estos niños
desarrollarán la tendencia maligna de desvanecimiento (mantenemos aquí
la traducción literal de “withdrawal”, como caída o desvanecimiento. Para
mayor información sobre los términos técnicos aplicados a la teoría de
Erikson, refiérase a la bibliografía al final del resumen. N.T.). Esta persona
se torna depresiva, paranoide e incluso puede desarrollar una psicosis.
Si se logra un equilibrio, el niño
desarrollará la virtud de esperanza, una fuerte creencia en la que se
considera que siempre habrá una solución al final del camino, a pesar de que
las cosas vayan mal. Uno de los signos que nos indican si el niño va bien en
este primer estadio es si puede ser capaz de esperar sin demasiado jaleo a
demorar la respuesta de satisfacción ante una necesidad: mamá y papá no
tienen por qué ser perfectos; confío lo suficiente en ellos como para saber
esta realidad; si ellos no pueden estar aquí inmediatamente, lo estarán muy
pronto; las cosas pueden ser muy difíciles, pero ellos harán lo posible por
arreglarlas. Esta es la misma habilidad que utilizaremos ante situaciones de
desilusión como en el amor, en la profesión y muchos otros dominios de la
vida.
Estadio II
El segundo estadio corresponde al
llamado estadio anal-muscular de la niñez temprana, desde alrededor de
los 18 meses hasta los 3-4 años de edad. La tarea primordial es la de alcanzar
un cierto grado de autonomía, aún conservando un toque de vergüenza
y duda.
Si papá y mamá (y otros
cuidadores que entran en escena en esta época) permiten que el niño explore y
manipule su medio, desarrollará un sentido de autonomía o independencia. Los
padres no deben desalentarle ni tampoco empujarle demasiado. Se requiere, en
este sentido, un equilibrio. La mayoría de la gente le aconsejan a los padres
que sean “firmes pero tolerantes” en esta etapa, y desde luego el consejo es
bueno. De esta manera, el niño desarrollará tanto un autocontrol como una
autoestima importantes.
Por otra parte, en vez de esta
actitud descrita, es bastante fácil que el niño desarrolle un sentido de vergüenza
y duda. Si los padres acuden de inmediato a sustituir las acciones dirigidas a
explorar y a ser independiente, el niño pronto se dará por vencido, asumiendo
que no puede hacer las cosas por sí mismo. Debemos tener presente que el
burlarnos de los esfuerzos del niño puede llevarle a sentirse muy avergonzado,
y dudar de sus habilidades.
También hay otras formas de hacer
que el niño se sienta avergonzado y dudoso. Si le damos al niño una libertad
sin restricciones con una ausencia de límites, o si le ayudamos a hacer lo que
él podría hacer solo, también le estamos diciendo que no es lo
suficientemente bueno. Si no somos lo suficientemente pacientes para esperar a
que el niño se ate los cordones de sus zapatos, nunca aprenderá a atárselos,
asumiendo que esto es demasiado difícil para aprenderlo.
No obstante, un poco de vergüenza
y duda no solo es inevitable, sino que incluso es bueno. Sin ello, se
desarrollará lo que Erikson llama impulsividad, una suerte de
premeditación sin vergüenza que más tarde, en la niñez tardía o incluso en
la adultez, se manifestará como el lanzarse de cabeza a situaciones sin
considerar los límites y los atropellos que esto puede causar.
Peor aún es demasiada vergüenza y
duda, lo que llevará al niño a desarrollar la malignidad que Erikson llama compulsividad.
La persona compulsiva siente que todo su ser está envuelto en las tareas que
lleva a cabo y por tanto todo debe hacerse correctamente. El seguir las reglas
de una forma precisa, evita que uno se equivoque, y se debe evitar cualquier
error a cualquier precio. Muchos de ustedes reconocen lo que es sentirse
avergonzado y dudar continuamente de uno mismo. Un poco más de paciencia y
tolerancia hacia sus hijos podría ayudarles a evitar el camino recorrido que
ustedes han seguido. Y quizás también deberían darse un respiro ustedes
mismos.
Si logramos un equilibrio apropiado
y positivo entre la autonomía y la vergüenza y la culpa, desarrollaremos la
virtud de una voluntad poderosa o determinación. Una de las cosas más
admirables (y frustrantes) de un niño de dos o tres años es su determinación.
Su mote es “puedo hacerlo”. Si preservamos ese “puedo hacerlo” (con una
apropiada modestia, para equilibrar) seremos mucho mejores como adultos.
Estadio III
Este es el estadio genital-locomotor
o la edad del juego. Desde los 3-4 hasta los 5-6 años, la tarea fundamental es
la de aprender la iniciativa sin una culpa exagerada.
La iniciativa sugiere una respuesta
positiva ante los retos del mundo, asumiendo responsabilidades, aprendiendo
nuevas habilidades y sintiéndose útil. Los padres pueden animar a sus hijos a
que lleven a cabo sus ideas por sí mismos. Debemos alentar la fantasía, la
curiosidad y la imaginación. Esta es la época del juego, no para una educación
formal. Ahora el niño puede imaginarse, como nunca antes, una situación
futura, una que no es la realidad actual. La iniciativa es el intento de hacer
real lo irreal.
Pero si el niño puede imaginar un
futuro, si puede jugar, también será responsable…y culpable. Si mi hijo de
dos años tira mi reloj en el váter, puedo asumir sin temor a equivocarme que
no hubo mala intención en el acto. Era solo una cosa dando vueltas y vueltas
hasta desaparecer. ¡Qué divertido!. ¡Pero si mi hija de cinco años lo
hace…bueno, deberíamos saber qué va a pasar con el reloj, qué ocurrirá con
el temperamento de papá y que le ocurrirá a ella!. Podría sentirse culpable
del acto y comenzaría a sentirse culpable también. Ha llegado la capacidad
para establecer juicios morales.
Erikson es, por supuesto, un
freudiano y por tanto incluye la experiencia edípica en este estadio. Desde su
punto de vista, la crisis edípica comprende la renuencia que siente el niño a
abandonar su cercanía al sexo opuesto. Un padre tiene la responsabilidad,
socialmente hablando, de animar al niño a que “crezca”; “¡que ya no eres
un niño!”. Pero si este proceso se establece de manera muy dura y extrema, el
niño aprende a sentirse culpable con respecto a sus sentimientos.
Demasiado iniciativa y muy poca
culpa significa una tendencia maladaptativa que Erikson llama crueldad.
La persona cruel toma la iniciativa. Tiene sus planes, ya sea en materia de
escuela, romance o política, o incluso profesión. El único problema es que no
toma en cuenta a quién tiene que pisar para lograr su objetivo. Todo es el
logro y los sentimientos de culpa son para los débiles. La forma extrema de la
crueldad es la sociopatía.
La crueldad es mala para los demás,
pero relativamente fácil para la persona cruel. Peor para el sujeto es la
malignidad de culpa exagerada, lo cual Erikson llama inhibición. La
persona inhibida no probará cosa alguna, ya que “si no hay aventura, nada se
pierde” y particularmente, nada de lo que sentirse culpable. Desde el punto de
vista sexual, edípico, la persona culposa puede ser impotente o frígida.
Un buen equilibrio llevará al
sujeto a la virtud psicosocial de propósito. El sentido del propósito
es algo que muchas personas anhelan a lo largo de su vida, aunque la mayoría de
ellas no se dan cuenta que, de hecho, ya llevan a cabo sus propósitos a través
de su imaginación y su iniciativa. Creo que una palabra más acertada para esta
virtud hubiera sido coraje; la capacidad para la acción a pesar de conocer
claramente nuestras limitaciones y los fallos anteriores.
Estadio IV
Esta etapa corresponde a la de latencia,
o aquella comprendida entre los 6 y 12 años de edad del niño escolar. La tarea
principal es desarrollar una capacidad de laboriosidad al tiempo que se
evita un sentimiento excesivo de inferioridad. Los niños deben
“domesticar su imaginación” y dedicarse a la educación y a aprender las
habilidades necesarias para cumplir las exigencia>
Transfer interrupted!
tra en juego una esfera mucho más
social: los padres, así como otros miembros de la familia y compañeros se unen
a los profesores y otros miembros de la comunidad. Todos ellos contribuyen; los
padres deben animar, los maestros deben cuidar; los compañeros deben aceptar.
Los niños deben aprender que no solamente existe placer en concebir un plan,
sino también en llevarlo a cabo. Deben aprender lo que es el sentimiento del éxito,
ya sea en el patio o el aula; ya sea académicamente o socialmente.
Una buena forma de percibir las
diferencias entre un niño en el tercer estadio y otro del cuarto es sentarse a
ver cómo juegan. Los niños de cuatro años pueden querer jugar, pero solo
tienen conocimientos vagos de las reglas e incluso las cambian varias veces a
todo lo largo del juego escogido. No soportan que se termine el juego, como no
sea tirándoles las piezas a su oponente. Un niño de siete años, sin embargo,
está dedicado a las reglas, las consideran algo mucho más sagrado e incluso
puede enfadarse si no se permite que el juego llegue a una conclusión
estipulada.
Si el niño no logra mucho éxito,
debido a maestros muy rígidos o a compañeros muy negadores, por ejemplo,
desarrollará entonces un sentimiento de inferioridad o incompetencia. Una
fuente adicional de inferioridad, en palabras de Erikson, la constituye el
racismo, sexismo y cualquier otra forma de discriminación. Si un niño cree que
el éxito se logra en virtud de quién es en vez de cuán fuerte puede trabajar,
entonces ¿para qué intentarlo?.
Una actitud demasiado laboriosa
puede llevar a la tendencia maladaptativa de virtuosidad dirigida. Esta
conducta la vemos en niños a los que no se les permite “ser niños”;
aquellos cuyos padres o profesores empujan en un área de competencia, sin
permitir el desarrollo de intereses más amplios. Estos son los niños sin vida
infantil: niños actores, niños atletas, niños músicos, niños prodigio en
definitiva. Todos nosotros admiramos su laboriosidad, pero si nos acercamos más,
todo ello se sustenta en una vida vacía.
Sin embargo, la malignidad más común
es la llamada inercia. Esto incluye a todos aquellos de nosotros que
poseemos un “complejo de inferioridad”. Alfred Adler habló de ello. Si a la
primera no logramos el éxito, ¡no volvamos a intentarlo!. Por ejemplo, a
muchos de nosotros no nos ha ido bien en matemáticas, entonces nos morimos
antes de asistir a otra clase de matemáticas. Otros fueron humillados en el
gimnasio, entonces nunca harán ningún deporte o ni siquiera jugarán al
raquetball. Otros nunca desarrollaron habilidades sociales (la más importante
de todas), entonces nunca saldran a la vida pública. Se vuelven seres inertes.
Lo ideal sería desarrollar un
equilibrio entre la laboriosidad y la inferioridad; esto es, ser principalmente
laboriosos con un cierto toque de inferioridad que nos mantenga sensiblemente
humildes. Entonces tendremos la virtud llamada competencia.
Estadio V
Esta etapa es la de la adolescencia,
empezando en la pubertad y finalizando alrededor de los 18-20 años.
(Actualmente está claro que debido sobre todo a una serie de factores
psicosociales, la adolescencia se prolonga más allá de los 20 años, incluso
hasta los 25 años. N.T.). La tarea primordial es lograr la identidad del Yo
y evitar la confusión de roles. Esta fue la etapa que más interesó a
Erikson y los patrones observados en los chicos de esta edad constituyeron las
bases a partir de la cuales el autor desarrollaría todas las otras etapas.
La identidad yoica significa saber
quiénes somos y cómo encajamos en el resto de la sociedad. Exige que tomemos
todo lo que hemos aprendido acerca de la vida y de nosotros mismos y lo
moldeemos en una autoimagen unificada, una que nuestra comunidad estime como
significativa.
Hay cosas que hacen más fácil
estas cuestiones. Primero, debemos poseer una corriente cultural adulta que sea
válida para el adolescente, con buenos modelos de roles adultos y líneas
abiertas de comunicación.
Además, la sociedad debe proveer
también unos ritos de paso definidos; o lo que es lo mismo, ciertas
tareas y rituales que ayuden a distinguir al adulto del niño. En las culturas
tradicionales y primitivas, se le insta al adolescente a abandonar el poblado
por un periodo de tiempo determinado con el objeto de sobrevivir por sí mismo,
cazar algún animal simbólico o buscar una visión inspiradora. Tanto los
chicos como las chicas deberán pasar por una serie de pruebas de resistencia,
de ceremonias simbólicas o de eventos educativos. De una forma o de otra, la
diferencia entre ese periodo de falta de poder, de irresponsabilidad de la
infancia y ese otro de responsabilidad propio del adulto se establece de forma
clara.
Sin estos límites, nos embarcamos
en una confusión de roles, lo que significa que no sabremos cuál es nuestro
lugar en la sociedad y en el mundo. Erikson dice que cuando un adolescente pasa
por una confusión de roles, está sufriendo una crisis de identidad. De hecho,
una pregunta muy común de los adolescentes en nuestra sociedad es “¿Quién
soy?”.
Una de las sugerencias que Erikson
plantea para la adolescencia en nuestra sociedad es la una moratoria
psicosocial. Anima a los jóvenes a que se tomen un “tiempo libre”. Si
tienes dinero, vete a Europa. Si no lo tienes, merodea los ambientes de Estados
Unidos. Deja el trabajo por un tiempo y vete al colegio. Date un respiro, huele
las rosas, búscate a ti mismo. Por norma, tendemos a conseguir el “éxito”
demasiado deprisa, aunque muy pocos de nosotros nos hayamos detenido a pensar en
lo que significa el éxito para nosotros. De la misma manera que los jóvenes
Oglala Dakota, quizás también necesitemos soñar un poco.
Existe un problema cuando tenemos
demasiado “identidad yoica”. Cuando una persona está tan comprometida con
un rol particular de la sociedad o de una subcultura, no queda espacio
suficiente para la tolerancia. Erikson llama a esta tendencia maladaptativa fanatismo.
Un fanático cree que su forma es la única que existe. Por descontado está que
los adolescentes son conocidos por su idealismo y por su tendencia a ver las
cosas en blanco o negro. Éstos envuelven a otros alrededor de ellos,
promocionando sus estilos de vida y creencias sin importarles el derecho de los
demás a estar en desacuerdo.
La falta de identidad es bastante más
problemática, y Erikson se refiere a esta tendencia maligna como repudio.
Estas personas repudian su membresía en el mundo adulto e incluso repudian su
necesidad de una identidad. Algunos adolescentes se permiten a sí mismos la
“fusión” con un grupo, especialmente aquel que le pueda dar ciertos rasgos
de identidad: sectas religiosas, organizaciones militaristas, grupos
amenazadores; en definitiva, grupos que se han separado de las corrientes
dolorosas de la sociedad. Pueden embarcarse en actividades destructivas como la
ingesta de drogas, alcohol o incluso adentrarse seriamente en sus propias fantasías
psicóticas. Después de todo, ser “malo” o ser “nadie” es mejor que no
saber quién soy.
Si logramos negociar con éxito
esta etapa, tendremos la virtud que Erikson llama fidelidad. La fidelidad
implica lealtad, o la habilidad para vivir de acuerdo con los estándares de la
sociedad a pesar de sus imperfecciones, faltas e inconsistencias. No estamos
hablando de una lealtad ciega, así como tampoco de aceptar sus imperfecciones.
Después de todo, si amamos nuestra comunidad, queremos que sea la mejor
posible. Realmente, la fidelidad de la que hablamos se establece cuando hemos
hallado un lugar para nosotros dentro de ésta, un lugar que nos permitirá
contribuir a su estabilidad y desarrollo.
Estadio VI
Si hemos podido llegar esta fase,
nos encontramos entonces en la etapa de la adultez jóven, la cual dura
entre 18 años hasta los 30 aproximadamente. Los límites temporales con
respecto a las edades en los adultos son mucho más tenues que en las etapas
infantiles, siendo estos rangos muy distintos entre personas. La tarea principal
es lograr un cierto grado de intimidad, actitud opuesta a mantenerse en aislamiento.
La intimidad supone la posibilidad
de estar cerca de otros, como amantes, amigos; como un partícipe de la
sociedad. Ya que posees un sentimiento de saber quién eres, no tienes miedo a
“perderte” a ti mismo, como presentan muchos adolescentes. El “miedo al
compromiso” que algunas personas parecen presentar es un buen ejemplo de
inmadurez en este estadio. Sin embargo, este miedo no siempre es tan obvio.
Muchas personas enlentecen o postergan el proceso progresivo de sus relaciones
interpersonales. “Me casaré (o tendré una familia, o me embarcaré en algún
tema social) tan pronto acabe la universidad; tan pronto tenga un trabajo;
cuando tenga una casa; tan pronto…Si has estado comprometido durante los últimos
10 años, ¿qué te hace echarte atrás?.
El joven adulto ya no tiene que
probarse a sí mismo. Una relación de pareja adolescente sí busca un
establecimiento de identidad a través de la relación. “¿Quién soy?. Soy su
novio”. La relación de adultos jóvenes debe ser una cuestión de dos egos
independientes que quieren crear algo más extenso que ellos mismos.
Intuitivamente reconocemos esto cuando observamos la relación de pareja de dos
sujetos donde uno de ellos es un adolescente y el otro un adulto joven. Nos
percatamos del potencial de dominio que tiene el último sobre el primero.
A esta dificultad se añade que
nuestra sociedad tampoco ha hecho mucho por los adultos jóvenes. El énfasis
sobre la formación profesional, el aislamiento de la vida urbana, la fractura
de las relaciones por motivos de traslados y la naturaleza generalmente
impersonal de la vida moderna, hacen que sea más difícil el desarrollo de
relaciones íntimas. Yo soy una de esas personas que he tenido que mudarme de
lugar docenas de veces en mi vida. No tengo ni la más remota idea de lo que pasó
con mis amigos infantiles o incluso de aquellos que tenía en la universidad.
Mis amigos más antiguos están a miles de kilómetros de donde vivo. Yo resido
donde las necesidades relativas a mi profesión me han llevado y por tanto, no
tengo una sensación firme de comunidad.
Bueno, antes de que me ponga
demasiado depresivo, mejor hablemos de ustedes. Sé que a muchos de ustedes no
les ha pasado lo mismo. Si han crecido y afincado en una comunidad en
particular, especialmente una rural, es muy probable que ustedes tengan
relaciones mucho más profundas y duraderas; probablemente se casaron con el
amor de toda su vida, y sienten un buen cariño por su comunidad. Pero este
estilo de vida se está volviendo rápidamente un anacronismo.
La tendencia maladaptativa que
Erikson llama promiscuidad, se refiere particularmente a volverse
demasiado abierto, muy fácilmente, sin apenas esfuerzo y sin ninguna
profundidad o respeto por tu intimidad. Esta tendencia se puede dar tanto con tu
amante, como con tus amigos, compañeros y vecinos.
La exclusión es la
tendencia maligna de aislamiento máximo. La persona se aísla de sus seres
queridos o parejas, amigos y vecinos, desarrollando como compensación un
sentimiento constante de cierta rabia o irritabilidad que le sirve de compañía.
Si atravesamos con éxito esta
etapa, llevaremos con nosotros esa virtud o fuerza psicosocial que Erikson llama
amor. Dentro de este contexto teórico, el amor se refiere a esa
habilidad para alejar las diferencias y los antagonismos a través de una
“mutualidad de devoción”. Incluye no solamente el amor que compartimos en
un buen matrimonio, sino también el amor entre amigos y el amor de mi vecino,
compañero de trabajo y compatriota.
Estadio VII
Este estadio corresponde al de la adultez
media. Es muy difícil establecer el rango de edades, pero incluiría aquel
periodo dedicado a la crianza de los niños. Para la mayoría de las personas de
nuestra sociedad, estaríamos hablando de un período comprendido entre los 20 y
pico y los 50 y tantos. La tarea fundamental aquí es lograr un equilibrio
apropiado entre la productividad (también conocido en el ámbito de la
psicología como generabilidad. N.T.) y el estancamiento.
La productividad es una extensión
del amor hacia el futuro. Tiene que ver con una preocupación sobre la siguiente
generación y todas las demás futuras. Por tanto, es bastante menos “egoísta”
que la intimidad de los estadios previos: la intimidad o el amor entre amantes o
amigos, es un amor entre iguales y necesariamente es recíproco. ¡Ah, claro,
nosotros amamos al otro sin egoísmo!. Pero la verdad es que si no recibimos el
amor de vuelta, no lo consideramos un amor verdadero. Con la productividad, no
estamos esperando, al menos parece que no implícitamente, una reciprocidad en
el acto. Pocos padres esperan una “vuelta de su investimiento” de sus hijos,
y si lo hacen, no creemos que sean buenos padres.
Aunque la mayoría de las personas
ponen en práctica la productividad teniendo y criando los hijos, existen otras
maneras también. Erikson considera que la enseñanza, la escritura, la
inventiva, las ciencias y las artes, el activismo social complementan la tarea
de productividad. En definitiva, cualquier cosa que llene esa “vieja necesidad
de ser necesitado”.
El estancamiento, por otro lado, es
la “auto-absorción”; cuidar de nadie. La persona estancada deja de ser un
miembro productivo de la sociedad. Es bastante difícil imaginarse que uno tenga
algún tipo de estancamiento en nuestras vidas, tal y como ilustra la tendencia
maladaptativa que Erikson llama sobrextensión. Algunas personas tratan
de ser tan productivas que llega un momento en que no se pueden permitir nada de
tiempo para sí mismos, para relajarse y descansar. Al final, estas personas
tampoco logran contribuir algo a la sociedad. Estoy seguro de que todos ustedes
conocerán a alguien inmerso en un sinnúmero de actividades o causas; o tratan
da tomar todas las clases posibles o mantener tantos trabajos…Al final, no
tienen ni siquiera tiempo para hacer ninguna de estas actividades.
Más obvia todavía resulta la
tendencia maligna de rechazo, lo que supone muy poca productividad y
bastante estancamiento, lo que produce una mínima participación o contribución
a la sociedad. Y desde luego que aquello que llamamos “el sentido de la
vida” es una cuestión de cómo y qué contribuimos o participamos en la
sociedad.
Esta es la etapa de la “crisis
de la mediana edad”. En ocasiones los hombres y mujeres se preguntan esa
interrogante tan terrible y vasta de “¿Qué estoy haciendo aquí?”. Detengámonos
un momento a analizar esta pregunta. En vez de preguntarse por quiénes están
haciendo lo que hacen, se preguntan el qué hacen, dado que la atención recae
sobre ellos mismos. Debido al pánico a envejecer y a no haber logrado las metas
ideales que tuvieron cuando jóvenes, tratan de “recapturar” su juventud. El
ejemplo más evidente se percibe en los hombres. Dejan a sus sufrientes esposas,
abandonan sus tediosos trabajos, se compran ropa de última moda y empiezan a
acudir bares de solteros. Evidentemente, raramente encuentran lo que andan
buscando porque sencillamente están buscando algo equivocado. (Un buen ejemplo
lo constituye el papel interpretado por Kevin Spacey en la famosa (por algo será
tan aceptada por el público, sobre todo masculino) en la película “American
Beauty”. N.T.).
Pero si atravesamos esta etapa con
éxito. Desarrollaremos una capacidad importante para cuidar que nos
servirá a lo largo del resto de nuestra vida.
Estadio VIII
Esta última etapa, la delicada adultez
tardía o madurez, o la llamada de forma más directa y menos suave edad de
la vejez, empieza alrededor de la jubilación, después que los hijos se han
ido; digamos más o menos alrededor de los 60 años. Algunos colegas
“viejetes” rabian con esto y dicen que esta etapa empieza solo cuando uno se
siente viejo y esas cosas, pero esto es un efecto directo de una cultura que
realza la juventud, lo cual aleja incluso a los mayores de que reconozcan su
edad. Erikson establece que es bueno llegar a esta etapa y si no lo logramos es
que existieron algunos problemas anteriores que retrasaron nuestro desarrollo.
La tarea primordial aquí es lograr
una integridad yoica (conservamos aquí la terminología acorde con los
vocablos técnicos dentro del marco de la psicología. También puede entenderse
el término como “integridad”. N.T.) con un mínimo de desesperanza.
Esta etapa parece ser la más difícil de todas, al menos desde un punto de
vista juvenil. Primero ocurre un distanciamiento social, desde un sentimiento de
inutilidad; todo esto evidentemente en el marco de nuestra sociedad. Algunos se
jubilan de trabajos que han tenido durante muchos años; otros perciben que su
tarea como padres ya ha finalizado y la mayoría creen que sus aportes ya no son
necesarios.
Además existe un sentido de
inutilidad biológica, debido a que el cuerpo ya no responde como antes. Las
mujeres pasan por la menopausia, algunas de forma dramática. Los hombres creen
que ya “no dan la talla”. Surgen enfermedades de la vejez como artritis,
diabetes, problemas cardíacos, problemas relacionados con el pecho y ovarios y
cánceres de próstata. Empiezan los miedos a cuestiones que uno no había
temido nunca, como por ejemplo a un proceso gripal o simplemente a caerse.
Junto a las enfermedades, aparecen
las preocupaciones relativas a la muerte. Los amigos mueren; los familiares
también. La esposa muere. Es inevitable que también a uno le toque su turno.
Al enfrentarnos a toda esta situación, parece que todos debemos sentirnos
desesperanzados.
Como respuesta a esta desesperanza,
algunos mayores se empiezan a preocupar con el pasado. Después de todo, allí
las cosas eran mejores. Algunos se preocupan por sus fallos; esas malas
decisiones que se tomaron y se quejan de que no tienen ni el tiempo ni la energía
para revertirlas (muy diferente a estadios anteriores). Vemos entonces que
algunos ancianos se deprimen, se vuelven resentidos, paranoides, hipocondríacos
o desarrollan patrones comportamentales de senilidad con o sin explicación biológica.
La integridad yoica significa
llegar a los términos de tu vida, y por tanto, llegar a los términos del final
de tu vida. Si somos capaces de mirar atrás y aceptar el curso de los eventos
pasados, las decisiones tomadas; tu vida tal y como la viviste, como
necesariamente así, entonces no necesitarás temerle a la muerte. Aunque la
mayoría de ustedes no se encuentran en este punto de la vida, quizás podríamos
identificarnos un poco si empezamos a cuestionarnos nuestra vida hasta el
momento. Todos hemos cometido errores, alguno de ellos bastante graves; si bien
no seríamos lo que somos si no los hubiéramos cometidos. Si hemos sido muy
afortunados, o si hemos jugado a la vida de forma segura y con pocos errores,
nuestra vida no habría sido tan rica como lo es.
La tendencia maladaptativa del
estadio 8 es llamada presunción. Esto ocurre cuando la persona
“presume” de una integridad yoica sin afrontar de hecho las dificultades de
la senectud.
La tendencia maligna es la llamada desdén.
Erikson la define como un desacato a la vida, tanto propia como la de los demás.
La persona que afronta la muerte
sin miedo tiene la virtud que Erikson llama sabiduría. Considera que
este es un regalo para los hijos, dado que “los niños sanos no temerán a la
vida si sus mayores tienen la suficiente integridad para no temer a la
muerte”. El autor sugiere que una persona debe sentirse verdaderamente
agraciada de ser sabia, entendiendo lo de “agraciada” en su sentido más
amplio: me he encontrado con personas muy poco agraciadas que me han enseñado
grandes cosas, no por sus palabras sabias, sino por su simple y gentil
acercamiento a la vida y a la muerte; por su “generosidad de espíritu”.
Discusión
Me resulta difícil pensar en otra
persona, a no ser Jean Piaget, que haya desarrollado más un acercamiento a los
estadios del desarrollo que Erik Erikson. Y eso que el concepto de estadios no
es muy popular entre los teóricos de la personalidad. De las personas que
recogemos en este texto, solo Sigmund y Anna Freud comparten completamente sus
convicciones. La mayoría de los teóricos prefieren un acercamiento más
paulatino o gradual del desarrollo, utilizando términos como “fases” o
“transiciones”, en vez de estadios definidos y limitados.
Pero desde luego, existen ciertos
segmentos de la vida muy fáciles de identificar, determinados temporalmente por
aspectos biológicos. La adolescencia está “preprogramada” para que ocurra
cuando ocurre, tal y como pasa con el nacimiento y muy posiblemente, con la
muerte natural. El primer año de vida tiene unas cualidades muy especiales,
tipo “parecida a la fetal” y el último año de la misma incluye ciertas
cualidades “catastróficas”.
Si reducimos el significado de los
estadios con el fin de incluir ciertas secuencias lógicas; léase que las cosas
ocurren en un cierto órden, no porque están determinadas exclusivamente por
marcadores biológicos, sino porque no tendrían sentido de otra forma, entonces
podríamos incluso decir que el entrenamiento de los esfínteres, por ejemplo,
tiene que preceder a la independencia de la madre y asistir a clases; que
debemos desarrollar una sexualidad madura antes de encontrar a una pareja; que
normalmente hallaremos a una pareja antes de tener niños y que necesariamente
¡deberemos tener niños antes de disfrutar su despedida!.
Si estrechamos aún más el
significado de los estadios añadiendo una “programación” social a la biológica,
podríamos incluir períodos de dependencia y escolarización, y así mismo, el
trabajo y la jubilación también. De esta forma tan reducida, no habría
problemas para establecer 7 u 8 estadios. Evidentemente, solo hasta ahora es que
nos hemos sentido presionados a llamarles estadios, en vez de fases o cualquier
otro término impreciso.
De hecho, resulta difícil defender
los estadios de Erikson si los aceptamos dentro de su comprensión de lo que son
los estadios. En otras culturas, incluso dentro de ellas mismas, la
temporalización puede ser muy distinta. En algunos países, los bebés son
destetados a los seis meses y se les enseña el control de esfínteres a los
nueve. En otros, todavía son amamantados hasta los cinco años y el control de
esfínteres se hace con poco más que sacar al niño al patio. Hubo una época
en nuestra cultura en la que las mujeres se casaban a los trece años y tenían
su primer hijo a los quince. Hoy, intentamos posponer el matrimonio hasta los
treinta y nos apresuramos a tener nuestro único hijo antes de cumplir cuarenta.
Buscamos muchos años de retiro. En otra época y lugar, la jubilación
sencillamente es desconocida.
A pesar de todo, los estadios de
Erikson nos brindan un marco de trabajo. Podemos hablar de nuestra cultura al
compararla con otras; o de la actualidad comparada con algunos siglos atrás o
de ver cómo diferimos relativamente de los estándares que provee su teoría.
Erikson y otros investigadores han demostrado que el patrón general de hecho se
adapta a diferentes épocas y culturas, y a la mayoría de nosotros nos resulta
familiar. En otras palabras, su teoría se establece como uno de los paradigmas
más importantes dentro de las teorías de personalidad. Este paradigma a veces
es más importante que la “verdad”: es útil.
También nos provee de
conocimientos que no nos hubiéramos percatado de otra forma. Por ejemplo, podríamos
pensar en sus ocho estadios como una serie de tareas que no siguen un patrón lógico
particular. Pero si dividimos el abanico de la vida en dos secuencias de cuatro
estadios, podemos ver un patrón real, con la mitad referida al desarrollo del
niño y la otra mitad al desarrollo del adulto.
En el estadio I, el niño debe
aprender que “eso” (el mundo, especialmente representado por mamá y papá,
y él mismo) está bien; que “no hay problema”. En el estadio II, el infante
aprende a “yo puedo hacerlo” en el “aquí y ahora”. En el estadio III,
el preescolar aprende a “puedo planear” y proyectarse a sí mismo hacia un
futuro. En el IV, el escolar aprende “puedo finalizar” estas proyecciones. A
través de estas cuatro etapas, el niño desarrolla un Yo competente y preparado
para el amplio mundo que le aguarda.
Tomando la otra mitad relativa al
periodo adulto, nos expandimos más allá del Yo (entendiéndose el “Yo” no
como instancia psíquica freudiana, sino como self o sí mismo, N.T.). El
estadio V tiene que ver con establecer algo muy parecido al “está bien; no
hay problema”. El adolescente debe aprender a que “yo estoy bién”;
conclusión de la negociación establecida de los cuatro estadios precedentes.
En el VI, el adulto joven debe aprender a amar, lo que sería una variación
social de “yo puedo hacerlo” en el aquí y ahora. En el estadio VII, el
adulto debe extender ese amor hacia el futuro, pasando a ser llamado “cuidar
de”. Y finalmente, en el estadio VIII, la persona mayor debe aprender a
“limitar” su Yo, y establecer una nueva y amplia identidad. En palabras de
Jung, la segunda mitad de la vida está dedicada a la realización de uno mismo.